El cine argentino es una anomalía encantadora. Es un cine que se hizo entre crisis económicas, dictaduras y derrumbes institucionales, y que sin embargo —o quizás precisamente por eso— logró contar el alma humana con una precisión y una temperatura que pocas cinematografías del mundo pueden igualar. No tiene los recursos de Hollywood ni el reconocimiento global del cine europeo de autor, pero tiene algo más difícil de fabricar: una voz propia.
Esta guía no pretende ser exhaustiva ni académica. Es una selección personal de películas que, en algún momento, me hicieron entender por qué el cine argentino merece un lugar en cualquier educación cinéfila seria. Las ordené por décadas no como excusa historiográfica, sino porque cada período dice algo diferente sobre el mismo país.
El cine de la memoria (1980s)
Cuando la democracia volvió en 1983, el cine argentino tuvo que procesar décadas de horror. Lo hizo de manera notable: sin explotar el trauma, con una mesura y una inteligencia que muchos cines del mundo envidiarían.
La historia oficial (1985) es el punto de partida obligatorio. Luis Puenzo construyó una película que funciona en todos los niveles posibles: como thriller doméstico, como relato político, como drama de maternidad. Norma Aleandro interpreta a una mujer que empieza a sospechar que su hija adoptada puede ser hija de desaparecidos. Es incómoda de ver porque nos obliga a preguntarnos en qué momento elegimos no saber. Ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera y es el símbolo de esa generación de cine que tuvo que reconstruir la memoria de un país entero.
El cine de la posdictadura
Hombre mirando al sudeste (1986) de Eliseo Subiela es otra joya de ese período: un psiquiatra conoce a un paciente que dice venir de otro planeta. Podría ser ciencia ficción, pero es en realidad una meditación sobre la locura, la empatía y los límites del sistema. Visualmente hipnótica, narrativamente valiente, es el tipo de película que no envejecerá nunca.
La revolución del policíaco criollo (2000s)
Los años 2000 trajeron un renacimiento. El cine argentino encontró en el policial urbano un espejo perfecto para una sociedad en transición.
Nueve reinas (2000) de Fabián Bielinsky es quizás la película argentina más satisfactoria en términos cinematográficos puros. Dos estafadores, un día, una jugada imposible. Sin spoilear nada: es una película de precisión relojera que se disfruta múltiples veces con el mismo placer. Ricardo Darín está en uno de sus mejores papeles.
El aura (2005), también de Bielinsky y también con Darín, es su obra póstuma (murió antes de terminar el montaje). Un taxidermista epiléptico que fantasea con el crimen perfecto termina metido en uno de verdad. Es más lenta y contemplativa que Nueve reinas, pero es igualmente brillante. Bielinsky murió muy joven y nos privó de una filmografía que habría sido extraordinaria.
El policíaco argentino
La nueva ola y el realismo social (2000-2010)
Mientras Bielinsky hacía sus thrillers de salón, otra generación de cineastas optó por el realismo más crudo.
Pizza, birra, faso (1998) de Adrián Caetano y Bruno Stagnaro llegó un poco antes y definió la estética: imagen granulada, actores no profesionales, diálogos que suenen a la calle. Una historia de pibes marginales del Gran Buenos Aires que roban para sobrevivir. No romantiza la pobreza ni la condena: simplemente la muestra, y eso en sí mismo es radical.
El bonaerense (2002) de Pablo Trapero lleva ese realismo hacia la institución policial. Un cerrajero de provincia que termina como policía en Buenos Aires. Trapero construyó una película sobre la corrupción sistémica sin un solo villano individual: todos son víctimas de algo más grande. Fue el inicio de la carrera de uno de los directores más importantes del cine argentino.
La ciénaga (2001) de Lucrecia Martel es la obra maestra silenciosa de toda esa generación. Dos familias en el norte argentino durante el verano: nada "pasa" en el sentido convencional, y sin embargo todo pasa. Martel construyó un universo tan preciso y tan asfixiante que sigue siendo referencia en escuelas de cine del mundo entero. Es difícil de ver la primera vez; es imposible de olvidar.
Nuevo cine argentino
Cuando el mundo nos miró (2009-2015)
Dos películas cambiaron el lugar del cine argentino en el mapa mundial.
El secreto de sus ojos (2009) de Juan José Campanella es la película argentina más vista en la historia. Ganó el Oscar y se mereció cada estatuilla. Es un thriller romántico y político ambientado en dos tiempos: los años 70 y el presente. Ricardo Darín y Soledad Villamil construyen una historia de amor y justicia que se filtra por todas las grietas del relato. La escena del estadio de River sola justifica el precio de entrada.
Relatos salvajes (2014) de Damián Szifron es otra bestia completamente diferente: seis cuentos de violencia y venganza que funcionan como catarsis colectiva. Es la película argentina que más te va a hacer reír incómodamente. Producida por Pedro Almodóvar, fue nominada al Oscar. Szifron logró algo rarísimo: una película comercial que es también una obra de arte.
Argentina en el mundo
Por qué el cine argentino importa
El cine argentino tiene una cualidad única: la capacidad de narrar lo político desde lo íntimo. No hay película argentina importante que sea solo política o solo personal. Son siempre las dos cosas al mismo tiempo, y esa tensión entre lo individual y lo colectivo es lo que les da una profundidad que pocas cinematografías logran.
Si solo ves cinco películas argentinas en tu vida, que sean las de esta guía. Después, con suerte, vas a querer ver cincuenta más.
