El cine coreano conquistó el mundo de una manera que nadie vio venir. No fue gradual: fue una explosión. En 2019, Parásitos de Bong Joon-ho ganó la Palma de Oro en Cannes y el Oscar a Mejor Película —el primero de habla no inglesa en la historia del premio— en el mismo año. Pero lo que esa victoria reveló no fue el surgimiento de un cine nuevo: fue la llegada tardía del reconocimiento a algo que llevaba tres décadas construyéndose en silencio.
El Nuevo Cine Coreano comenzó en los años 90, cuando una generación de directores formados en Corea y en el exterior decidió romper con las convenciones del melodrama clásico coreano y construir algo nuevo. Lo que emergió fue un cine con una identidad inconfundible: obsesionado con la violencia y sus consecuencias, fascinado por los sistemas de poder, furioso con la desigualdad social, y técnicamente brillante hasta el límite.
Esta guía te lleva por los distintos géneros y registros de ese cine.
El thriller como disección social
Si hay una categoría en la que el cine coreano tiene supremacía absoluta, es el thriller. No porque haga más acción que el cine de Hollywood, sino porque lo usa con una precisión quirúrgica para decir algo sobre la sociedad.
Oldboy (2003) de Park Chan-wook es el punto de quiebre. Un hombre es encerrado durante 15 años sin saber por qué. Cuando lo liberan, tiene que descubrir quién lo encerró y por qué. Lo que suena como un thriller convencional de venganza es en realidad algo completamente diferente: una exploración de la culpa, el destino y los secretos que los sistemas de poder mantienen enterrados. Es una película que te golpea tres veces: cuando empieza, cuando el giro revela todo, y cuando llegas a su final. No te la spoileo, pero sí te digo que tardás días en procesar la última imagen.
Memorias de un asesino (2003) de Bong Joon-ho también es un punto de referencia esencial. Basada en el primer caso real de asesino serial de la historia de Corea del Sur, sigue a dos detectives que tratan de capturar al asesino durante los años 80. Es una película sobre la incompetencia institucional, el autoritarismo militar y la impotencia de querer hacer lo correcto en un sistema corrupto. Y al mismo tiempo es oscuramente cómica. Bong Joon-ho puede hacer eso: hacer reír y helar la sangre en el mismo plano.
I Saw the Devil (2010) de Kim Jee-woon lleva el thriller de venganza a su extremo más perturbador. Un agente de inteligencia cuya novia fue asesinada por un asesino serial decide no matarlo sino atormentarlo. El giro es brutal: la película se pregunta en qué momento la venganza transforma a la víctima en lo mismo que el victimario. Es la más incómoda de ver en esta lista, pero también una de las más inteligentes.
El thriller coreano
Clases, capital y la trampa del sueño moderno
Ningún otro cine en el mundo ha analizado la desigualdad económica con tanta precisión y tanta rabia como el cine coreano contemporáneo.
Parásitos (2019) de Bong Joon-ho es la película más importante de la última década, y lo digo sin hipérbole. Una familia pobre que vive en un semisótano va infiltrándose en la mansión de una familia rica, ocupando todos los puestos de trabajo del hogar. Lo que empieza como una comedia negra de ascenso social termina siendo algo completamente diferente. El mérito de la película es que nadie es completamente villano: todos son víctimas de un sistema que los pone en competencia entre sí. La arquitectura narrativa es perfecta. Los planos son perfectos. No hay ni un segundo desperdiciado.
Burning (2018) de Lee Chang-dong es más lenta y más elíptica, y por eso más inquietante. Un joven de clase baja conoce a una chica de su pueblo que vuelve de un viaje con un misterioso amigo rico. Inspirada en un cuento de Murakami, la película construye una tensión permanente sobre el resentimiento de clase, los secretos que guardamos y la imposibilidad de acceder a mundos que no son el tuyo. El final es deliberadamente ambiguo y perfecto.
Cine de clases
El horror que piensa
El horror coreano es diferente. No se sustenta en el susto fácil: se construye a partir de la dread, esa sensación de que algo está mal sin poder identificar qué.
Tren a Busan (2016) es la película de zombies más emocionante de los últimos 20 años, y no solo por la acción. El director Yeon Sang-ho usó el apocalipsis zombie para hablar de la crisis de la clase media coreana, del individualismo y de lo que estamos dispuestos a sacrificar para sobrevivir. El protagonista es un fondo de inversión que durante la película aprende —a la fuerza— qué significa ser humano.
La doncella (2016) de Park Chan-wook es, en el fondo, una película de engaño y contra-engaño ambientada en el Japón colonial de los años 30. Una sirvienta, una aristócrata y un estafador: todos intentan manipular a todos. Es visualmente opulenta —los planos de Park Chan-wook son siempre objetos de arte— y narrativamente laberíntica de la mejor manera.
El huésped (2006) de Bong Joon-ho parece una película de monstruo gigante y es en realidad una crítica al intervencionismo estadounidense y a la burocracia surcoreana. Una familia de clase trabajadora tiene que rescatar a su hija secuestrada por un monstruo del río Han mientras el gobierno los ignora y los militares los ponen en cuarentena. Hay escenas de comedia, de terror y de denuncia social entrelazadas con una habilidad que solo Bong puede sostener.
Horror y suspenso
Por qué el cine coreano importa ahora
El cine coreano no es un fenómeno pasajero. Es el resultado de tres décadas de inversión en educación cinematográfica, de directores que se formaron en el extranjero y volvieron con una mirada global pero una raíz local, y de una industria dispuesta a arriesgar.
Lo que tienen en común todas las películas de esta guía es que no son cómodas. No están diseñadas para que te sientas bien al salir del cine. Están diseñadas para que pienses, para que te incomodes, para que te preguntes cosas sobre el mundo en el que vivís. Eso, en el panorama del entretenimiento global, es una rareza que hay que celebrar y proteger.
Empezá por Parásitos si nunca viste nada de cine coreano. Después seguí por donde te lleve la curiosidad: todos los caminos te llevan a buen puerto.
